La tarea de construir amor

Artículos - 27 de agosto

Desde un estado de pureza, en cual­quier situación, sea en la familia, en la pareja, con una amistad, donde quiera que sea, con pureza ese amor debe expresarse. Siento amor por mi esposa y mis hijos pero ese amor no me impulsa a hacer por otros lo que haría por mi familia. Es ahí en donde yo limito al Amor.

Hay algo que es parte de la naturaleza de la mujer dado que en ella se gesta la vida. Es la que atiende el creci­miento de ese ser que viene a este mundo sabiendo y aprendiendo a reconocer un idioma que no manejamos los hombres: cuándo un llanto es de dolor, de qué tipo de dolor se trata, y desde ahí brinda su atención. La naturaleza y el tiempo han hecho que a esto las mujeres lo vayan desarrollando y se vuelva fuerte en su expre­sión. Los hombres nunca podremos gestar vida de esa manera, pero tenemos una parte importante, la de acompañar en ese proceso desde un lugar dife­rente. No está aconteciendo en nuestro cuerpo, no es un contacto tan directo desde nuestro ser como sí lo es con la madre, pero con Amor tenemos que acompañar. No pasa por sentir lo mismo, nunca lo sentiremos pero sí podemos comprender y ponernos en su lugar para entender qué es lo que se siente.

Vayamos entendiendo que es tiempo de romper la estructura de mostrarnos fuertes no demostrando amor. Puede parecer importante mostrarse fuertes, pero lo que estamos sacrificando es muy grande, es el amor, al no expresarlo, al no demostrarlo y al no atender desde él la necesidad del otro. En el mundo, la mayoría sino todos, están necesitados de ese amor. Para salir de esto “los hombres” tenemos que hacer un esfuerzo y trabajar nuestra naturaleza para darle una forma más amorosa.

Tendremos que cambiar para poder comprender mejor el porqué a las mujeres les resulta más fácil.

 El amor de una madre tiene mucho para enseñar.

Si vamos a la esencia comenzaremos a intuir desde nuestro corazón lo que están sintiendo y por qué les resulta más simple, y de pronto tendremos muchas cosas que apren­der. El amor de una madre hacia un hijo tiene mucho para enseñar a los hombres que ven desde otro lugar esta situación.

El hecho de gestar es siempre de la mujer, no podemos aliviar y quitar ese peso, debemos acompañar y comprender con el fin de ayudar y hacer lo que está en nuestras posibilidades.

Parirás, y no sin dolor… y este dolor de las madres no nubla el amor y la alegría por la venida al mundo de un ser que es un hijo y eso hace que también desde el dolor se valore más esa vida. Es parte hasta este momento de la realidad evolutiva de este mundo.

Amar a quien nos ama nos resulta fácil. Amar a quien tiene diferencias con nosotros o a quien no comprendemos, nos resulta complicado. Todas estas diferencias existen porque no todos comprenden el amor en su estado puro y muchos lo manejan de manera egoísta y limitada. El amor es uno, pero muy limitado cuando no lo de­jamos expresarse en plenitud.

Tenemos que entender que todo lo que está en nuestro in­terior es posible de cambiar, lo que están haciendo los demás no. El trabajo de cada uno es el que tenemos que hacer desde nuestra propia vida con nuestro propio ser, y es permi­tir que él pueda expresarse con pureza de amor como en esencia vive. Pero no lo puede hacer a través de estos vehí­culos de expresión que conforman una personalidad porque está afec­tada por defectos que fuimos creando.

El amor puro.

El amor puro no está pensando egoístamente a la hora de obrar, nosotros desde el amor egoísta sí. Tanto el amor egoísta como el amor puro necesitan una mente para poder expresarse y concretar una obra. El amor puro, el amor de Dios en nuestro corazón, en el de todos ¿encuentra una mente dispuesta a obrar, a brindar amor, a hacer lo que entiende que corresponde es su tarea sin esperar nada a cambio? En realidad lo que le trae gozo, satisfac­ción y lo lleva a la plenitud es ser el que debe ser, expre­sando lo que debe expresar, no puede dar lo que no tiene entonces da todo de sí. En este ejercicio de dar todo va­mos comprendiendo un poco más nuestro camino, y cada vez tendremos más para dar.

Cuando vivimos egoístamente no lo vemos de esa forma, queremos brindar y que nos sea conveniente lo que vamos a recibir. Si vemos que no vamos a recibir no brindamos, noso­tros limitamos a ese amor.

La mujer tiene en su naturaleza facilitado el expresar ese Amor. De todas maneras no está exenta de pasar por estas cosas. El egoísmo está manifiesto también en la mujer porque está en nuestra personalidad.

Cuando vivimos en paz y en el amor de Dios el tiempo transcurre muy lento, esa es la sensación. Tenemos tiempo de pensar y organizarnos para hacer las cosas bien, y así obtenemos paz y tranquilidad desde lo que se ha hecho.

Todo esto tiene que ver con lo que es vivir en amor, tanto el hom­bre como la mujer.

La mujer hoy está ganando un terreno que en parte le co­rresponde, el hombre la había relegado, se lo había impedido o limitado. Cada uno tiene que estar en su lugar, los dos son necesa­rios en el mundo para poder sostener un equilibrio. El amor tiene que ir creciendo.

Vivimos en un mundo en donde hay siete mil mi­llones de personas, somos siete mil millones de individuos, no hay dos iguales. Hay una obra para cada obrero, y entre todos la Gran Obra. Cada uno tiene que hacer lo suyo y con Amor debe vivir su vida.

Cada uno de nosotros haciendo su tarea va evolucionando. Pretendiendo hacer lo que el otro hace o exigiendo que él haga lo que nos parece, no va a hacer que evoluciones nunca y siempre habrá diferencias.

Lo que nos libera es la Verdad.

La verdad es lo que somos. Y la verdad de lo que somos se puede modificar cuando le ponemos amor. También se puede modificar si nos decidimos a ser más egoístas, pero si queremos modificarla para alcanzar la Luz tenemos que poner amor.

La verdad que primero hay que alcanzar es ser sinceros con nosotros mismos. Eso es ser humildes, poder vernos tal cual somos, no solo lo que queremos ver y lo que no queremos lo ignoramos, lo negamos.

Se necesitan más personas en el mundo que trabajen y hagan el esfuerzo que deben hacer. Tendríamos que hacer el sacrificio de dejar de lado tantas cosas que desde nuestro ego ambicionamos, quere­mos y disfrutamos en este mundo, para entregarnos de lleno a la tarea de construir amor.

Primero debemos construirlo en nosotros, y cuando esa construcción sea plena comenzaremos a tener el tiempo, la conciencia y la claridad para acompañar y ayudar en la construcción a los otros.

Desde el yo inferior fuimos entendiendo lo que es el amor, hasta un punto en el cual creció tanto en nosotros que ya más no podía, y comenzamos a comprender a ese  amor desde el Yo Superior y a ver a los demás en sus necesidades. Desde ese desborde de amor es que podemos atender.

Nunca nuestro espíritu va a tener la intención egoísta de dañar o de negar al que necesita. Tratemos de estar más atentos a trabajar sobre esto y vamos a ir comprendiendo cada vez más am­pliamente lo que es ese amor.

Daniel Ferminades

** El siguiente artículo fue compartido en  la Revisa Yoga+ N° 72  Argentina – Agosto 2017.