Cuando el alma se ilumina

en Artículos25 de mayo

El alma se ilumina cuando nos ponemos a disposición del creador

El alma está conformada por la sumatoria de los vehículos de expresión del ser. La suma de tres de esos vehículos, el cuerpo físico, el cuerpo emocional y el cuerpo mental conforman el alma en encarnación.

El espíritu se expresa a través de la forma física, de las emociones y de la mente.

La mente tiene la tarea de organizar lo que el corazón impulsa como objetivo para que pueda llegar a plasmarse en una obra a través de la forma física. Para que el cuerpo se movilice a concretar esa obra, necesita ser impulsado por la emoción. La emoción mueve al cuerpo, la mente planifica, organiza y ordena. La mente tiene la tarea de traer, a las palabras o a los hechos, cosas que son difíciles de expresar, entonces cuando la mente está organizada, cuando la emoción está equilibrada y el cuerpo está dispuesto, pueden plasmarse sin obstáculos.

Cuando tenemos una mente que vive consumiendo cosas innecesarias que ingresan fácilmente, pero resultan difíciles de sacar, se convierte en un gran desorden, y entonces cuesta distinguir cuándo y qué hay que hacer, qué es conveniente y qué no. A veces resulta más fácil acudir a quien dice saber que tratar de poner orden. Pero, nadie va a vivir nuestra vida, por más que escuchemos al más sabio de los sabios o estemos a su lado, no nos vamos a volver sabios.

Uno obtiene sabiduría cuando comienza a llevar a la práctica lo que ha ido aprendiendo. Así se comienza a iluminar esa alma, al ponernos a disposición del Creador.

Tengo mi voluntad y Él la suya por encima de la mía, pero yo vivo más atento a mi voluntad. Él me dio libre albedrío, me dio la posibilidad de elegir, no infringe el don que me dio, la gracia de tener libertad para elegir.

Mucha gente piensa que la vida es una sola y hay que vivirla, disfrutarla, tratar de descansar y después se verá. Pensamos que, habiendo pasado una vida de vacaciones en el mundo haciendo solo cosas materiales, cuando nos morimos nos vamos al cielo si pedimos perdón a último momento. No es tan fácil, un alumno que no estudió a lo largo del año, cuando llega el momento del examen, por más que pida perdón, va a ser reprobado. Pero eso no es un castigo, es en realidad el fruto de su desatención, de su abandono, de estar en el aula pensando en el recreo y en disfrutar en lugar de prestar atención a la enseñanza. Somos el resultado del trabajo que hemos hecho o de la falta de él. Si nos vamos comprometiendo más con el trabajo, el alma se va iluminando.

Cuando la mente está dispuesta, cuando la emoción está atenta y expectante y el cuerpo sereno, el Padre puede imprimir sus divinos caracteres en nuestra alma, Su voluntad llega sin encontrar ninguna barrera ni desviación.

No somos capaces de escuchar sin juzgar, sin comparar con lo que ya sabemos. En la vida estamos tratando de aprender cosas nuevas, pero si no estamos de acuerdo no las aceptamos como verdades. Sin embargo, si todavía no hemos aprendido y nos cerramos a lo que no conocemos ¿cómo vamos a aprender?

En el mundo se espera que del cielo bajen maestros que le repitan lo que ya saben para sentirse cómodos en su ego. Un maestro sabe que el tiempo útil de su presencia es el que usa cuando habla sobre lo que falta más que sobre lo que está hecho, y nosotros tenemos que ver la vida así. Hemos hecho muchas cosas, y de todas ellas ¿cuántas hemos hecho bien? ¿cuántas podríamos mejorar y cuántas hicimos mal?

Si empezamos a ver toda esta realidad del alma en encarnación, teniendo cierto grado de clarividencia, podremos ver no solo el cuerpo físico sino también otros cuerpos sutiles. Entonces observaremos cómo se manejan las energías, cómo se conducen, se desvían, se enturbian, se retienen y cómo a partir de retenerse o desviarse se generan, muchas veces, enfermedades físicas.

«No solo de pan vive el hombre». Cuando a las palabras que llegan de la boca de Dios para alimento del espíritu les damos un uso egoísta en lugar de volcar lo que ellas enseñan en un servicio hacia la sociedad, es que empezamos a desviar esas energías. Al darle mal uso a esas palabras, al invertirlas de mala manera, vamos perdiendo esas “monedas” que el Padre nos ha dado en lugar de acrecentarlas y multiplicarlas para el bien de todos.

Cada uno tiene la semilla que debe tener y Dios, que es justo, que no derrocha, a todos nos dio la misma. Si alguno la desperdicia, por egoísmo se quedará sin alimento y, al quedarse sin él, con el tiempo se irá enfermando.

Hoy estamos viendo -porque es el tiempo en que la luz se acerca cada vez más a la Tierra- cantidad de enfermedades, de dolencias, que no habíamos visto antes en el número que hoy vemos ni que se presentaran a edades tan tempranas. Todo eso tiene que ver con la luz que se va acercando cada vez más al mundo y por eso empiezan a verse cosas que siempre existieron en la intimidad de las personas. Comienzan a salir a la luz para que las podamos tratar, para que las podamos ver, para que nos enfrentemos con la realidad. Según cómo vivamos, todo esto va a repercutir directamente en el alma. Es importante blanquearla tomando todas las medidas para conseguirlo; y una muy importante y fundamental es el ayuno mental.

¿Cómo es el ayuno mental? ¿Cómo se alimenta la mente de las personas? A través de los sentidos. Lo que estoy observando, escuchando, lo que huelo, lo que distingo, defino, discierno, palpo, alimenta mi mente. De todo esto saco mis conclusiones que, muchas veces están afectadas por el ego. Si no selecciono lo que entra en mi cabeza ni dirijo conscientemente mis sentidos, ingresan muchas cosas a mi mente que luego quedan ahí dando vueltas.

Muchos dicen que cuando intentan meditar y cierran los ojos, la mente empieza a proyectar una película y aparecen tantas cosas que no les permiten hacer silencio. Nos cuesta serenar la cabeza, no podemos hacer silencio. En el principio era el verbo y el verbo es el creador, el ser humano piensa que no es esclavo de su creación al estar hablando cosas que en verdad no son productivas o constructivas.

Tenemos que ser responsables de lo que hacemos. La cruz que cada uno tiene que cargar son los errores del pasado. En la medida que los asumo con responsabilidad la cruz se aliviana, y si la envuelvo con amor deja de herirme. Cuando empiezo a hacer esto y se convierte en algo cotidiano, comienzo a fortalecer el alma y así puedo ayudar al prójimo a cargar su cruz.

Daniel Fermiandes