Cómo alimentar nuestro espíritu

Fragmentos - 17 de octubre

 

No es lo que comemos lo que nos enferma, sino lo que pensamos.

La alimentación siempre tiene que ayudarnos a sutilizar el cuerpo cada vez más. No es sólo lo físico, eso es secundario comparado con la alimentación del cuerpo emocional y la del mental, que en realidad es la más importante y a la que menos importancia le damos.

La mente no hace lo que el cuerpo dice, esto funciona al revés. Lo que la mente piensa, el cuerpo lo ejecuta.

Si hacemos un ayuno mental podremos llevar sanidad a nuestro cuerpo emocional y  también al físico, seleccionando lo que consumimos a través de los sentidos. La mente se alimenta a través de ellos, de lo que ve, huele, escucha, y palpa. Si dejamos ingresar en ella lo que no es sano para nuestro espíritu, la mente se contamina. Desde su contaminación y equivocación nos lleva a obrar de manera equivocada, y de esta forma trae enfermedades a nuestra vida.

 Jesús decía: “no lo que entra por la boca ensucia sino lo que sale de ella”.  Lo que sale de ella es lo que está en la cabeza o lo que falta en el corazón. La falta de alimento del corazón hace que salga lo que está equivocado, lo que está mal y nos daña.

Toda alimentación hay que cuidar. Si decidimos realizar un ayuno, habría que hacerlo tomando en consideración el ayuno de pensamiento, de  palabra y de obra, no solamente cuidar el estómago.

Es importante sacarse todo pensamiento egoísta que tengamos.

Esto va llevándonos, por naturaleza, a dejar de lado lo que está mal.

Tenemos que tratar siempre de tomar conciencia porque es la manera en la cual se tiene seguridad del paso que se está dando, entonces no caben dudas. Cuando uno da pasos porque otros lo indican, cabe la duda si así debe ser. Cuando uno los da porque el corazón lo dicta, porque la conciencia lo llevó a dar ese paso, no caben dudas, uno se siente firme donde quiera que se encuentre. Abandonó el lugar en que estaba para dar ese paso y ahí se encuentra firme sabiendo que no es el final del camino, sino que en el lugar en donde se encuentra debe seguir su evolución. Comienza a dar pasos ya no sólo atendiendo su necesidad, sino considerando la necesidad de los demás que también necesitan crecer, evolucionar y mejorar su condición de vida.

El mundo cambia por la individualidad, el mundo cambia por nosotros, no lo hace por los políticos o por los religiosos, cambia por nuestra vida que busca religarse con el Creador, por la manifestación de nuestro amor.

Cuando comenzamos a tomar conciencia del Amor de Dios y empezamos a expresarlo en nuestra vida, somos intermediarios de ese amor ante los hombres, como hombres. No dejamos de ser hombres, pero sí somos más amorosos.

Daniel Ferminades

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